
Es un lento día de noviembre.
Mendocino.
Afuera,
empieza la hora de la siesta.
Buscando puertos,
una cuerda de cello
roza con el viento,
la madera del alféizar.
En el mar turgente de tus pechos
intento navegarte con las manos
impulsando con mis besos,
vientos cálidos
en la crujiente arena del desierto.
Despertás sobre el piso, ausente de silencios.
A pie, medio vestida, intentás
escapar con tu cadera
recogerte la cintura, abandonar las desnudeces,
volver a protegerte con la ropa,
de mi acoso,
por las olas de simunes y de zondas.
- Ya ni sé qué es lo que quiero-
dirá tu codo,
infantilmente levantado, cubriéndote la boca
escondiéndote al deseo, tratando de dar explicaciones.
Arena temblante y huarpe dispersa por el cuerpo
arisca de ebriedades,
en los pliegues de tu blusa
llorás en antigua lengua huanacache.
Encendés un cigarrillo…
El humo se enrosca, desordenado,
trepando la pared.
Con los brazos cruzados sobre el pecho,
te contemplo gitano, bereber ensimismado,
araucano o huarpe,
de cualquier modo,
tontamente urbano
de nuevo mal vestido
con mis ropas de ciudad.
Hacia un horizonte que tropieza en la ventana
sin poder sostenerme la mirada,
escribís con el humo,
que se pierde por el aire, lo que no podés decirme
frente a frente,
mirándote las manos,
esquivándome la cara, preguntando si te entiendo.
Sigue el humo, desordenado,
escapando de tu boca,
trepando el horizonte marítimo de la angustia.
Sigue la cuerda de un cello buscando un puerto,
alejándose del aire, saltando la madera del alféizar.
-Sí, te digo, también yo, extrañamente fumando.
Sé que te asustan los deseos
cuando corren,
agitadas
al encenderse
-Sé que mi abrazo te embriaga el paladar
más que los tintos de Perdriel.
O tal vez sea mi lengua, deshaciéndole
duraznos blancos a tu boca los que...
-No, pero no que no, dirás,
pretendiendo argumentar.
- Es... el calor de este verano apresurado.
-No ves que el aire está muy quieto.
- Las ventanas tan cerradas...
- Debe ser la resolana, que penetra por el cuarto.
- Quita la respiración, este viento insoportable.
- Es la ropa tanta y apretada que me ahoga.
Escondido a lo largo del ruedo de tu falda
circundando tus piernas, sobre tus labios,
suspirando con cada bocanada de humo
cada vez que encendés ése cigarrillo
yo sé lo que te pasa.
Te lo explico nuevamente,
de nuevo sin palabras mientras el zonda,
como cello,
persiste en arañar,
sobre el borde del alféizar
las ventanas de madera de la casa.
Siguen mis besos
impulsando vientos cálidos.
Restalla, apagada,
sobre el piso entablonado
la crujiente arena del desierto.
Más tarde,
seguirá siendo noviembre.
Continuará, mendocino,
este lento día apasionado.
Afuera
quieta
sin prisa
adormecida y urbana
como siempre
estará pasando la hora de la siesta.
3 comentarios:
http://dispersa-5nocrnos.blogspot.com/
aqui te dejo la dire para q puedas entrar a mi blog,me gustó tus palabras de aliento,es cierto,ahora te recorro.
saluds
Si llgaste hasta acá, dejá huella de tu paso
Tus palabras y tu esencia son parte de mi presente
Todo un misterio el descubrir los lenguajes del cuerpo y alma...
Exquisito misterio!
K
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