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Ayer quisiste saber desde hace cuánto
fue que fuimos invisibles partículas de aire
en los altos aires del Machu Pichu.
Qué cantidad de crocantes granos de maíces
tuvimos en cada tambo del Tahuantisuyo.
Cómo fue que siendo allá, en Urubamba,
extensas fibras verdes longitudinales
nos pudiéramos encontrar aquí, amarronados
en las lagunas y esteros del Lavalle siendo
convergentes dulzuras de patayes huarpes.
No lo sabías entonces, hoy te has dado cuenta
que desde siempre te ha sido imposible ponderar
en cuánta cantidad, en qué ritmo vital
hemos estado vos y yo encontrándonos.
Debo yo pedirte tranquilidad, expresar en tus palabras
que sólo es necesario saber que es ahora,
en esta precisa geografía del hoy, donde nuevamente
se está produciendo nuestro encuentro.
Y que si bien es nuestro tiempo este presente,
será el último que nos quede para amarnos
y seguir estando vivos.
En esa indemostrable presunción, creo.
Por lo tanto, vestida huanacache de raíces,
o desnudada urbana de costumbres y ropajes
tendrás que salir a encontrarte conmigo,
definitivamente, y no perderme, como siempre.
No seguir arriesgando a que sea pura suerte
intangibles líneas kármicas lo que nos encuentre
sino, el deseo sincerado de saber que desde siempre,
nadie se habrá amado tanto como nosotros.
Ni en uno solo, en aquellos tiempos de maíces
ni menos, en estos apurados días globalizados,
nadie se habrá dicho tan sinceramente ¡te quiero!
en el instante de un día cualquiera
en el momento tan único a pesar de lo universal
que será irrepetible, permanentemente.
Porque hasta el aire es finito
en los altos aires del Huancayna Picchu,
en cada rincón del Tahuantisuyo.
Y algún día se acabará el verde
de las fibras verdes del Urubamba
Y secarán faltándoles el agua
las milenarias lagunas del Lavalle huanacache.
Cuando esas finitudes nos sucedan,
y sucederán sin duda alguna,
infinitamente, aunque también indemostrable
solo quedará de nosotros
el tiempo que hayamos sido amantes.