Por eso yo te insisto, aprendamos a bebernos la sed
tan mutuamente naturales.
Enlagunemos de una vez y sin medidas
el desierto que aun habita nuestros cuerpos.
Apresurémonos entonces. Que nos apresuremos te digo
pero de esta manera diferente. Antes que los besos
se nos descuelguen fatigados de las bocas.
Que no nos sigan distanciando las longitudes temerosas.
Mi edad es demasiado mucha, la tuya demasiada poca.
Ni sumarle a la demora circunstancias de trabajo.
Ni tampoco el qué dirán, si por la calle
nos atrevemos a besarnos, porque ¡cuidado!
están mirando unos álguienes, por allí...
Qué nos importa si están ellos o quien fuera.
Son tu presencia y sentimiento los que cuentan
porque no es con los de enfrente, precisamente
que me acuesto por las noches soñando en respirarte.
Así es que, si me llamás, sea que fuere a las tres
o las cuatro de la tarde, a las cinco o seis de la mañana...
de madrugada que sea, pero sin distancia hacia tu espalda.
Que te despiertes un día, solamente un día bastará
soñando que me amás entera, eso sí
vos también enamorada y temible y tierna bucanera.
Que sí, sí que sí. Que siempre sea un sueño.
Etéreo y frágil que sea. Pero soñemos estar despiertos
diciéndonos, por fin estoy aquí, junto a tu almohada.
Ya no tengo ese temor, ni te inventaré más cantidades
por estas horas y semanas.
Ni una sola magnitud, ni tampoco más distancias.

